LAS CATORCE NOVELAS DE DICKENS Imprimir
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Jueves, 09 de Febrero de 2012 19:05
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Breve comentario a las novelas de Dickens, por orden cronológico de publicación.
• LUIS DANIEL GONZÁLEZ
• 7.FEB.2012 ACEPRENSA

Papeles póstumos del Club Pickwick
narran las aventuras de un conjunto de personajes liderados por el caballero Samuel Pickwick, fundador del Club Pickwick, cuyos miembros hacen viajes por Inglaterra e informan a los demás de lo que averiguan. Pickwick es un inocente que lo ignora todo del mundo, mientras que su criado Sam Weller es quien conoce cómo son las cosas en realidad; pero al final queda claro que a la inocencia le debe corresponder el papel de maestro y al conocimiento el de siervo.

Chesterton piensa que Oliver Twist, a pesar de su inmensa popularidad, no tiene tanto valor como otros libros de Dickens, pero lo considera un libro honesto que dice mucho del sentido moral de su autor: en él se aprecia que a Dickens le ponen enfermo las caras de los hombres que miran con desprecio, y que tratan mal, a otros hombres.

Nicholas Nickleby es un chico que, a la muerte de su padre, ha de sostener a su madre y a su hermana, para lo que trabaja como tutor en una escuela de Yorkshire, dirigida por un personaje siniestro. Esta novela se desarrolla en escenarios en los que Dickens había vivido. Su tono de sátira social, y de dolor por las injusticias que sufren los más necesitados, no es del todo eficaz para el lector de hoy por sus acentos tan melodramáticos, sus continuas coincidencias asombrosas, y, sobre todo, porque sus personajes principales tienen poca consistencia.

La protagonista de Almacén de antigüedades es Nell Trent, una chica de catorce años, que vive con su abuelo en Londres en la tienda de un anticuario. A fin de ganar dinero para ella, el abuelo intenta conseguirlo en el juego. Pero su suerte es escasa e interviene un prestamista deforme que, cuando el abuelo pierde lo último que le quedaba, decide hacerse con la tienda de antigüedades. La muerte de Nell, con la que termina la novela, atrajo sobre Dickens fuertes acusaciones de sentimentalismo. Pero, indica Chesterton, hay una gran diferencia entre un autor que piensa en las lágrimas de sus personajes y un autor que piensa en las lágrimas de su audiencia.

Barnaby Rudge tiene lugar durante el Gordon Riot, unas algaradas callejeras anticatólicas encabezadas por Lord George Gordon en el siglo XVIII. En medio de los hilos narrativos, románticos y aventureros, están Barnaby Rudge, un chico retrasado que posee un loro parlanchín, y su madre, una mujer volcada en su hijo. Llevan el peso principal del relato las vívidas descripciones de los disturbios. Dickens tiene interés en subrayar cómo hay astutos y malvados en la sombra que azuzan a los cabecillas visibles a comportarse brutalmente.

Martin Chuzzlewit es un aprendiz de arquitecto al que contrata Seth Pecksniff, una especie de profesor, y que es desheredado por su excéntrico y rico abuelo. Martin viaja entonces a los Estados Unidos, donde es estafado y tiene malas pero cómicas e instructivas experiencias.

Todo Dickens es sátira y sentimentalismo. En la correcta mezcla de ambas cosas descansa el éxito de Dickens en una novela. De ahí que falle cuando se nota que no ama a sus personajes absurdos, como le pasa en esta novela con dos de sus villanos más conseguidos: el hipócrita y retórico Seth Pecksniff por un lado, y la untuosa y suntuosa señora Gamp por el otro. La traducción española no anima mucho.

Dombey e Hijo se centra en Mr. Dombey, un rico mercader viudo, que pone todas sus esperanzas en su hijo pequeño Pablo y no hace caso alguno a su hija Florencia. Mr. Dombey se casa de nuevo con la joven viuda Edith Granger, una mujer de pasado desconocido pero de la que piensa que puede cumplir la función social que se le pide a su esposa. Se puede subrayar la pertinencia de algunas consideraciones sobre cuestiones educativas. Uno de los personajes secundarios inolvidables es Toots, un tipo con el que Dickens muestra cómo un ser bondadoso y algo idiota puede hacernos notar la maravilla de una inocencia genuina.

Todos los libros de Dickens desbordan vitalidad: puede que su escritura no nos divierta, y que incluso haya momentos en que nos canse, pero a él siempre le divierte y casi nunca parece cansado. El “casi” está en David Copperfield, una novela con mucho de autobiográfico en la que parece que su impulso inicial, el deseo de contar la verdad de su propia vida, se diluye, pues al final echa fuera del escenario a ciertos personajes incómodos para la felicidad del héroe.

Uno de sus puntos más fuertes está en su capacidad para lograr que sus lectores terminen siendo amigos de personajes como Micawber o Dora, que son una molestia colosal pero, también, una gran aventura que no nos podemos perder.

La protagonista de Casa desolada es Esther Summerson, una joven de orígenes misteriosos cuya bondad y desinterés hacia los demás la convierten en una persona muy querida. Ella y un narrador externo se alternan en los sucesivos capítulos de una historia con multitud de ramificaciones. En el último tramo aparece un detective singular, Mr. Bucket, con cuyas averiguaciones se irán atando todos los cabos sueltos anteriores.

Son muchos los lectores que consideran grandioso el comienzo de esta novela. Dickens empieza con la niebla que oculta la Chancillería, o el Tribunal Supremo, porque quiere terminar con lo mismo. Toda la novela está repleta de símbolos, calculados para reafirmar la protesta de Dickens contra el injusto sistema judicial.

Con sus obras Dickens recordó que, del lema revolucionario, los ingleses habían borrado Igualdad y Fraternidad. Y si en todos sus libros fue un campeón de la fraternidad, en Tiempos difíciles salió a combatir por la igualdad. Es una novela más corta y más intensa que otras del autor.

Los escenarios están en la ciudad industrial de Coketown, inspirada en Manchester. Los hechos que empujan hacia delante la acción sirven a Dickens para advertir a los lectores de las condiciones de vida de los trabajadores de la industria, para señalar el comportamiento canalla de algunos propietarios o políticos –habla del Parlamento como del “vertedero nacional”–, y para subrayar la importancia de una educación no utilitarista, como entonces estaba de moda defender.

En La pequeña Dorrit Dickens intentó satirizar la incompetencia del gobierno y la hipocresía social. En conjunto no acertó, pues la narración es como una cadena de aventuras desconectadas y no tiene tantos momentos hilarantes como otras novelas. Sin embargo, para el pasaje donde describe la Oficina de Circunloquios cualquier elogio es pequeño, también porque, decía Chesterton, revela cómo ha sido y está siendo gobernada Inglaterra.

Historia de dos ciudades se desarrolla entre 1775 y 1789. Un enviado de un banco inglés viaja a París para traerse con él de regreso a Londres al doctor Manette, un hombre que ha estado en prisión casi veinte años y cuyo estado de salud es lamentable. Pasan los años y, cuando ya se ha recuperado y su hija se ha casado con un joven de origen francés, ha de volver a París justo en el momento en el que la revolución alcanza su punto álgido.

Para esta novela, Dickens, que no sabía mucha historia, se apoyó en la investigación histórica de Carlyle acerca de la Revolución francesa. Sin embargo, Dickens comprendió mucho mejor el núcleo humano de los hechos.

En Grandes esperanzas el narrador es Pip, un niño huérfano que vive con su hermana y su cuñado, un bondadoso herrero. Un misterioso benefactor le permite abandonar su vida como aprendiz de herrero y marchar a Londres, a la mansión de una rica y solitaria señora, para ser el compañero de juegos de una niña guapa y muy altiva. Y Pip, poco a poco, se convertirá en un gentleman de la Inglaterra victoriana.
La novela describe cómo las circunstancias pueden corromper a un chico joven que acaba siendo dominado por el orgullo de pertenecer a una clase: se puede decir que, por primera vez en los libros de Dickens, el héroe desaparece.

La historia de Nuestro común amigo comienza cuando, en el Támesis, aparece un cadáver que resulta ser el de John Harmon, un joven que volvía para heredar la fortuna que su padre había hecho recogiendo basuras. La herencia de Harmon es para el hombre de confianza de su padre, Nicodemus Boffin.

Al margen de que las coincidencias para que todo encaje sean tan abundantes como acostumbra Dickens, algunos personajes y actuaciones son poco creíbles. Un secundario muy bien concebido es un chico que, a la vez que adquiere la educación que le facilitará subir socialmente, desarrolla una forma de ver la vida de profunda bajeza moral: es singular que Dickens viera tan claro cómo la educación democrática puede despojar al educando de las virtudes democráticas.

 

 
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