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Jueves, 23 de Junio de 2016 09:16

Por supuesto, nuestros hijos son mucho más que un boletín de notas. No obstante, es bueno que a final de curso hagamos examen final: que analicemos conjuntamente con nuestros hijos su progresión durante este curso en las asignaturas de madurez, responsabilidad, perseverancia, esfuerzo, optimismo, compañerismo, curiosidad, disciplina, empatía, generosidad…

Publicado el 20/06/2016 blogfamiliaactual

Nuestros hijos están creciendo y formándose, por eso, es normal que sean evaluados en todo momento: por el sistema educativo, por sus entrenadores, por los padres y por la propia sociedad. Es natural, por tanto, que en cierto modo tengan la sensación de estar continuamente observados, algo que a partir de la adolescencia suele ser molesto y puede dar lugar a una forma de rebeldía que se manifiesta de maneras diversas. Una de ellas consiste en buscar espacios donde no se sientan juzgados, como cuando están con los amigos, fuera de casa, jugando, de marcha o en la discoteca…

Muchas veces observamos que en actividades lúdicas un chico o una chica reacciona y se comporta de forma totalmente diferente a como lo hace cuando se encuentra en un ámbito, podríamos decir, vigilado. Nos pasa a todos; lo que ocurre es que las personas adultas, aunque pueda parecer lo contrario, tienen menos referentes a los que rendir cuentas (no nos engañemos: la presión fiscal o laboral no son más agobiantes que los exámenes). En cierto modo, una persona, desde que nace hasta que adquiere la independencia, vive en la casa de “Gran Hermano”, a la vista de todos, especialmente de sus padres y profesores; continuamente es felicitado y recriminado (sobre todo, esto último) y siente siempre los ojos de Argos sobre sí.

Pero, con todo, la persona es mucho más que la suma de sus resultados evaluativos. Debemos tenerlo muy en cuenta: un estudiante puede sacar un 3 o un 9, pero él no es ni un 3 ni un 9. Una persona que ha fracasado en los estudios no es una persona fracasada; tampoco sus padres son “unos padres fracasados”. El boletín de notas dice mucho de una persona, pero no lo dice todo. Ser un chico o una chica de dieces no implica necesariamente ser una persona diez. Este reduccionismo académico resulta muy peligroso: nos hace tomar la parte por el todo, nos obliga a cuantificar, a reducir la calidad a la cantidad, el proceso a los resultados.

Esto no quiere decir que los resultados académicos no sean importantes, sino que hay que valorarlos en su justa medida. El suspenso es un indicador que hay que interpretar. Por de pronto, alerta de que algo no está funcionando bien. No es el momento de echarse las manos a la cabeza, de maldecir al profesor, al hijo o al sistema educativo, de montar un drama familiar o abrir una crisis personal; lo que toca tras las malas notas es buscar las causas y ponerles remedio. No vaya a ser que los que merezcamos el suspenso seamos los padres.

Por supuesto, nuestros hijos son mucho más que un boletín de notas. No obstante, es bueno que a final de curso hagamos examen final: que analicemos conjuntamente con nuestros hijos su progresión durante este curso en las asignaturas de madurez, responsabilidad, perseverancia, esfuerzo, optimismo, compañerismo, curiosidad, disciplina, empatía, generosidad…

 

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